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10 mitos sobre el autismo que todavía se repiten

El autismo es una de las condiciones del neurodesarrollo sobre las que circulan más desinformación. A pesar de los avances científicos, todavía escuchamos frases como “solo afecta a los niños”, “las personas autistas no sienten emociones”, “el autismo es culpa de los padres” o “las vacunas causan autismo”. Estas ideas no solo son incorrectas: pueden retrasar diagnósticos, limitar oportunidades y alimentar la discriminación.

El autismo, también llamado trastorno del espectro autista (TEA), agrupa un conjunto diverso de condiciones relacionadas con el desarrollo del cerebro. Sus características pueden detectarse desde la primera infancia, pero muchas personas no reciben un diagnóstico hasta mucho más tarde.

En este artículo, la Asociación de Personas con Autismo (APA) de Cali, Colombia, aclara diez mitos frecuentes sobre el autismo, explica qué dice la evidencia y ofrece una mirada respetuosa basada en derechos, apoyo y dignidad.

Mito 1: El autismo solo afecta a los niños

Realidad: el autismo acompaña a la persona durante toda su vida.

Es cierto que las primeras características del autismo suelen observarse en la infancia, pero eso no significa que el autismo desaparezca al llegar a la adolescencia o la adultez. Las personas autistas siguen siendo autistas de adultas; lo que cambia es la forma en que sus características se expresan, las demandas del entorno y los apoyos que necesitan.

Muchos adultos autistas aprenden estrategias para desenvolverse socialmente, estudiar, trabajar o mantener relaciones. Sin embargo, eso no elimina el autismo ni significa que ya no necesiten comprensión, accesibilidad o apoyo. En algunos casos, las exigencias sociales, laborales y familiares aumentan con la edad, lo que puede hacer más visibles la ansiedad, la sobrecarga sensorial o el agotamiento.

El autismo también puede diagnosticarse en la adultez. Algunas personas llegan a esa etapa sin saber que son autistas, especialmente si durante años aprendieron a ocultar sus dificultades o a imitar conductas sociales esperadas. La OMS señala que, aunque las características pueden detectarse en la primera infancia, con frecuencia el diagnóstico llega mucho más tarde.

Qué recordar: no existe una edad límite para ser autista. Los niños autistas se convierten en adolescentes autistas y en adultos autistas.

Mito 2: Solo los niños varones tienen autismo

Realidad: las niñas y mujeres también son autistas, aunque con frecuencia reciben diagnóstico más tarde.

El autismo se diagnostica con mayor frecuencia en niños que en niñas, pero esto no significa que las niñas no puedan ser autistas. Parte de la diferencia puede relacionarse con sesgos en los criterios de detección, estereotipos de género y la tendencia de algunas niñas a enmascarar sus características para encajar socialmente.

Una niña autista puede parecer tranquila, obediente o “muy madura”, mientras que en realidad está haciendo un gran esfuerzo por comprender normas sociales, controlar la ansiedad o evitar la sobrecarga sensorial. También puede tener intereses intensos que no encajan con los estereotipos habituales sobre el autismo, como animales, libros, música, personajes ficticios, arte o relaciones sociales.

Cuando el autismo no se reconoce, la persona puede recibir diagnósticos incompletos —como ansiedad, depresión o problemas de conducta— sin que se aborde la causa principal. Reconocer el autismo en niñas y mujeres es fundamental para ofrecer apoyos adecuados y proteger su bienestar.

Qué recordar: el autismo no tiene género. Las mujeres autistas existen, aunque su experiencia suele ser menos visible.

Mito 3: Todas las personas autistas tienen discapacidad intelectual

Realidad: autismo y discapacidad intelectual son condiciones distintas; pueden coexistir, pero no siempre.

El nivel de funcionamiento intelectual varía mucho entre las personas autistas. La OMS indica que puede ir desde un deterioro profundo hasta casos con aptitudes cognitivas altas.

Algunas personas autistas tienen discapacidad intelectual y necesitan apoyos importantes en la vida diaria. Otras tienen capacidades cognitivas altas, estudian, trabajan, viven de forma independiente o desarrollan carreras especializadas. Muchas se encuentran en puntos intermedios, con fortalezas en algunas áreas y dificultades en otras.

Confundir autismo con discapacidad intelectual genera dos problemas: por un lado, puede llevar a subestimar las capacidades de una persona autista; por otro, puede hacer que se ignoren las necesidades reales de quienes requieren apoyos más intensivos.

Qué recordar: ninguna persona debería tener que demostrar inteligencia o independencia para merecer respeto, educación, salud y oportunidades.

Mito 4: Las personas autistas no sienten emociones ni empatía

Realidad: las personas autistas sienten emociones profundamente; lo que puede variar es la forma de expresarlas.

Una de las ideas más injustas sobre el autismo es que las personas autistas “no sienten” o “no les importan los demás”. Esto es falso. Las personas autistas experimentan alegría, tristeza, miedo, amor, frustración, entusiasmo, vergüenza y empatía.

Lo que puede diferir es la manera en que comunican sus emociones. Algunas personas expresan afecto con palabras; otras lo hacen mediante acciones, presencia, intereses compartidos, gestos, escritura o comunicación aumentativa. También puede suceder que una persona necesite tiempo para procesar una situación emocional antes de poder responder.

La dificultad para interpretar expresiones faciales, tonos de voz, ironías o normas sociales no equivale a falta de empatía. Puede significar que la persona procesa la información social de una manera diferente.

Qué recordar: no confundas una forma diferente de expresar emociones con ausencia de emociones.

Mito 5: Las vacunas causan autismo

Realidad: las vacunas no causan autismo. Esta afirmación ha sido ampliamente desmentida por la evidencia científica.

La OMS es clara: investigaciones realizadas con distintos métodos durante muchos años han demostrado que la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola no causa autismo. Además, la evidencia también muestra que otras vacunas infantiles no aumentan el riesgo de autismo.

El origen de este mito está asociado a un estudio que fue demostrado como erróneo y fraudulento. La revista que lo publicó lo retiró y el médico que lo firmó perdió su licencia para ejercer la medicina.

Una razón por la que el mito persiste es que los primeros signos de autismo suelen notarse en una etapa cercana a la del calendario de vacunación. Sin embargo, una coincidencia temporal no demuestra causalidad.

Difundir este mito puede tener consecuencias graves: retrasar vacunas expone a niños, familias y comunidades a enfermedades prevenibles.

Qué recordar: vacunar protege la salud. No hay evidencia científica confiable que vincule las vacunas con el autismo.

Mito 6: El autismo es culpa de los padres o de una mala crianza

Realidad: la crianza no causa autismo.

Durante décadas, algunas teorías culpabilizaron a las madres —especialmente a las llamadas “madres frías”— por el autismo de sus hijos. Esta idea fue profundamente dañina y carece de sustento científico. Los padres y cuidadores no causan el autismo por su forma de educar, su afecto, su disciplina o su estilo de crianza.

La evidencia actual indica que pueden intervenir múltiples factores, incluidos componentes genéticos y ambientales. Entre los factores asociados a un mayor riesgo se encuentran la edad avanzada de los progenitores, diabetes materna durante el embarazo, exposición prenatal a ciertos contaminantes, prematuridad, complicaciones graves en el parto y bajo peso al nacer.

Esto no significa que exista una única causa ni que los factores mencionados determinen por sí solos el autismo. La investigación continúa, pero sí es claro que la culpa familiar no es una explicación válida.

Qué recordar: el autismo no es culpa de nadie. Culpar a las familias solo genera dolor, aislamiento y retraso en la búsqueda de apoyos.

Mito 7: Las personas autistas tienen “superpoderes” o son genios

Realidad: algunas personas autistas tienen habilidades destacadas, pero no todas son prodigios ni deben serlo para ser valoradas.

La cultura popular suele representar a las personas autistas como genios matemáticos, músicos excepcionales o personas con memorias extraordinarias. Aunque algunas personas autistas tienen habilidades notables en memoria, música, arte, matemáticas, ciencias, tecnología o áreas específicas, esto no es una regla.

Presentar el autismo como una condición de “superpoderes” puede ser tan limitante como presentarla solo desde las dificultades. Puede generar presión injusta sobre la persona autista y hacer que sus necesidades cotidianas sean invisibilizadas.

El autismo es una forma diferente de procesar y experimentar el mundo. Puede incluir fortalezas, desafíos, intereses intensos, necesidades sensoriales y formas particulares de comunicación. Cada persona merece respeto por quien es, no por su rendimiento o talento.

Qué recordar: una persona autista no necesita ser un genio para merecer inclusión.

Mito 8: Las personas autistas no quieren tener amigos ni relaciones

Realidad: muchas personas autistas desean vínculos, amistad, amor y pertenencia.

El autismo puede influir en la forma de iniciar, mantener o interpretar interacciones sociales, pero no significa que la persona no quiera relacionarse. Muchas personas autistas desean amistades, pareja, familia, comunidad y espacios donde sentirse aceptadas.

Pueden preferir conversaciones profundas, grupos pequeños, intereses compartidos o interacciones más directas. También pueden necesitar claridad, tiempo, predictibilidad o menos ruido para participar cómodamente.

La falta de socialización no siempre indica desinterés. A veces refleja experiencias previas de rechazo, burla, agotamiento social o entornos que no fueron accesibles.

Qué recordar: la pregunta no debería ser “¿por qué no socializa?”, sino “¿qué condiciones necesita para relacionarse con seguridad y bienestar?”.

Mito 9: El autismo se puede curar

Realidad: el autismo no es una enfermedad y no necesita “curarse”.

El autismo es una condición del neurodesarrollo. No es una infección, una etapa temporal ni el resultado de algo que la persona o su familia hicieron mal. Por lo tanto, no existe una “cura” para el autismo, ni debería buscarse una.

Sí existen apoyos e intervenciones basadas en evidencia que pueden mejorar habilidades de comunicación, interacción social, regulación emocional, autonomía y calidad de vida. La OMS señala que las intervenciones psicosociales basadas en evidencia pueden tener un impacto positivo en el bienestar de las personas autistas y sus cuidadores.

Sin embargo, el objetivo no debe ser obligar a una persona a dejar de ser autista. El objetivo debe ser reducir barreras, respetar su forma de comunicarse, atender sus necesidades de salud y promover su participación en la comunidad.

Qué recordar: el apoyo adecuado no busca cambiar la identidad de una persona autista; busca mejorar su bienestar y sus oportunidades.

Mito 10: No hay nada que se pueda hacer para apoyar a una persona autista

Realidad: hay mucho que se puede hacer, y el apoyo oportuno marca una diferencia real.

Aunque no exista una “cura”, sí existen intervenciones, servicios y ajustes que pueden mejorar el desarrollo, la salud, la comunicación y la calidad de vida. La OMS destaca que, desde la primera infancia y durante toda la vida, una amplia gama de intervenciones puede optimizar el desarrollo, el bienestar y la calidad de vida de las personas autistas.

Algunos apoyos útiles incluyen:

  • Evaluación y acompañamiento profesional oportuno.
  • Terapias basadas en evidencia, adaptadas a las necesidades de cada persona.
  • Apoyos de comunicación, incluidos apoyos visuales y comunicación aumentativa.
  • Ajustes sensoriales en casa, colegio y trabajo.
  • Rutinas, anticipación y explicaciones claras.
  • Educación inclusiva con adaptaciones razonables.
  • Apoyo a la salud mental, sin atribuir todo a “ser autista”.
  • Orientación y descanso para familias y cuidadores.
  • Participación de las personas autistas en las decisiones que les afectan.

También es importante tener precaución con tratamientos alternativos que prometen “curar” el autismo. Algunos pueden ser ineficaces o incluso peligrosos. Antes de iniciar cualquier intervención, es recomendable consultar con profesionales de salud y evaluar la evidencia disponible.

Qué recordar: no se trata de “arreglar” a la persona autista, sino de construir un entorno que le permita desarrollarse.

Por qué combatir los mitos importa

Los mitos sobre el autismo tienen consecuencias concretas. Pueden hacer que una familia dude de vacunar a su hijo, que un docente interprete una necesidad sensorial como falta de disciplina o que un adulto autista sea excluido de oportunidades laborales.

La OMS advierte que las personas autistas con frecuencia enfrentan estigmatización y discriminación, incluida la privación injusta de atención médica, educación y oportunidades para participar en sus comunidades.

Combatir la desinformación es una tarea de toda la sociedad: familias, docentes, periodistas, profesionales de salud, empleadores y líderes comunitarios. Cada conversación informada puede cambiar la experiencia de una persona autista.

Cómo apoyar desde el respeto

Si conoces a una persona autista —o sospechas que alguien puede serlo—, estas son algunas acciones concretas:

  • Escucha sin juzgar. La persona autista es la principal fuente de información sobre sus necesidades.
  • Evita etiquetas. No uses “leve”, “grave”, “alto” o “bajo funcionamiento” para reducir a alguien a una categoría.
  • Respeta la comunicación. No exijas contacto visual, no interrumpas y acepta formas alternativas de comunicarse.
  • Anticipa los cambios. Explica con claridad qué va a suceder y ofrece tiempo para adaptarse.
  • Cuida el entorno. Reduce ruido, luces intensas o situaciones impredecibles cuando sea posible.
  • Valora los intereses. Los intereses intensos pueden ser una puerta hacia el aprendizaje, la autorregulación y la conexión.
  • Busca información confiable. Prioriza fuentes médicas, organizaciones especializadas y la experiencia de las propias personas autistas.
  • No difundas desinformación. Especialmente sobre vacunas, causas del autismo o “curas milagrosas”.

Conclusión

El autismo no es una moda, una culpa familiar, una enfermedad contagiosa ni una condición que deba esconderse. Es una forma diversa de ser, comunicarse, percibir y participar en el mundo.

Los diez mitos que aún se repiten —desde “solo afecta a niños” hasta “las vacunas causan autismo”— tienen algo en común: simplifican una realidad compleja y pueden dañar a personas autistas y a sus familias. La evidencia científica y la experiencia de las comunidades autistas nos invitan a una respuesta diferente: escuchar, informarnos, respetar y ofrecer apoyos reales.

En la Asociación de Personas con Autismo (APA) de Cali, creemos que la inclusión comienza cuando reemplazamos los mitos por conocimiento. Comprender el autismo con evidencia y empatía es un paso esencial para construir una sociedad donde cada persona autista pueda vivir con dignidad, autonomía y oportunidades.

Imagen:
Asier_relampagoestudio en Magnific

Fuentes de referencia:
https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/autism-spectrum-disorders
https://www.msdmanuals.com/home/news/editorial/2024/08/15/15/17/clearing-up-the-most-common-myths-about-autism-spectrum-disorder